Llega el viernes, y con ello el vuelo destino a Barcelona. Llego al hotel sobre las 2 de la mañana, directo a la cama. Entre el jaleo del avión y a pesar del cansancio que tenía acumulado de todo el día, apenas pude conciliar el sueño esa noche y pude medio dormir unas tres horas. A las 7 de la mañana ya estaba en pie, ducha y paseo cerquita del hotel. Se abre el desayuno del hotel y allí estaba yo, el primero. Desayuno bien y me acerco a la zona de la feria del corredor donde también estaba la zona de salida/llegada.Llego muy temprano, la feria abría a las 10:00 y me recorro toda la zona caminando. Subo hasta Montjuic (estadio olímpico de Barcelona) y me empiezo a emocionar. Todo el mundo a quién le guste el deporte sabe que significa todo ese recorrido y lo que puede llegar a significar estar en ese lugar.
Pensaba que sería de los primeros, pero cuando bajé a la feria del corredor había una cola inmensa de corredores esperando a que abrieran las puertas. Espero un rato por fuera, y entro. No hago nada de cola ni para recoger el dorsal ni la camiseta, y accedías a una grandísima cantidad de stands deportivos donde había cantidad de productos y a muy buenos precios. En ese momento me doy cuenta de la dimensión de la carrera, todo perfectamente organizado y distribuido en el que no eras consciente en ningún momento de que habían más de veinte mil inscritos en la carrera.
Por la tarde otra visita obligada (uno de los mayores motivos por el que me decidí por hacer mi primera Maratón en Barcelona), visitar y ver un partido en directo en el majestuoso Camp Nou. Impresionante, no pude evitar soltar alguna lágrima, puesto que era algo que siempre había soñado desde niño.
Ya por la tarde vuelta al hotel, donde ya empecé a visualizar y preparar la carrera del día siguiente. Coloqué toda la ropa con mucho mimo y salí a por la cena (pasta e hidratos como mandan los cánones los días previos a una Maratón). Sobre las 22:00 ya estaba en la cama. Ocho horas por delante para descansar e intentar dormir lo máximo posible. Pensaba que los nervios me iban a impedir dormir bien, pero con todo el movimiento del día y lo poco que dormí la noche anterior, me desperté con la alarma que había puesto a las 6:00 de la mañana. Buena señal haber podido descansar tan bien.
Me despierto relajado y descansado, me coloco la ropa, y voy a por el desayuno del hotel que ese día se servía a las 6:30. Desayuno muy bien y me dirijo hacia la zona de salida. Lo hago caminando, un paseo de 10 minutos desde el hotel, haciendo en sentido inverso el primer kilómetro de carrera por donde ya veo las vallas, la línea azul pintada en el suelo... Ahí ya me empiezan los nervios.
Tres cuartos de hora antes de la salida, me quedo ya con la ropa de carrera y dejo el bolso en el guardarropa, una vez más sin colas. Me dirijo hacia mi cajón de salida, y media hora antes de la salida ya estoy en mi posición de salida. Se nota bastante frío a esa hora (8:00 de la mañana) por lo que intento mantener el calor, un poco de movilidad articular, algún saltito y camino por el cajón de salida...
La carrera
Cuenta atrás, 3, 2, 1... ¡A correr!
Intento no acelerarme mucho en los primeros metros, ni trato de adelantar para evitar caídas o sustos. Encaro una larga recta en el primer kilómetro donde ya puedo poner mi ritmo, ese que me tiene que llevar a la meta. Llego al kilómetro cinco muy fresco. Cada cinco kilómetros hay control de chip, y a partir de ahí avituallamientos cada dos kilómetros y medio. Todo muy bien organizado, agua, powerade, fruta y frutos secos. A pesar de esto, decido que en todos los avituallamientos voy a coger una botella de agua, beber todo lo que pueda y con el resto refrescarme el cuerpo y la cabeza, y cada dos avituallamientos beber un vaso de powerade. A parte de eso, cada hora tomarme un gel de los que ya traía de casa. Con esto tenía que ser suficiente, para ir sin hambre ni sed, y que el estómago me respetara toda la carrera. Así fue...
Pasan los kilómetros muy rápidos, y voy muy bien de sensaciones. Quizás pequé de ir muy reservón, pero no quería sufrir en exceso en mi primera Maratón. Sólo quería disfrutar y que los tendones me aguantaran toda la carrera. Quería correr sin parar a caminar ni un metro y así fue. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a disfrutar tantísimo corriendo 42 kilómetros? Las calles llenísimas de gente animando (300.000 personas según la prensa), 20.000 corredores en busca de su sueño y su objetivo. No hay palabras para describir todo.
Paso la media maratón muy bien y entero, "sólo" queda la mitad. A partir de este momento es el punto crítico, empiezas a ver a la gente a tu alrededor falta de fuerzas, muchos de ellos caminando, ambulancias por todos lados con sus sirenas... No paro de adelantar a gente (desde el kilómetro 5 hasta meta adelanté a 3700 corredores) y llego al kilómetro 30. Según los entrenamientos sabía que hasta ese punto iba a llegar relativamente bien, y ahí empezaba la incertidumbre (el muro). Miro a mi alrededor y sólo veo a gente pasándolo mal, pero yo voy muy entero.
Empiezo una charla conmigo mismo, y me digo que lo voy a conseguir, sé que lo voy a lograr a pesar de quedar 10 kilómetros. Sólo yo sé que lo he pasado mal los últimos años, sin tener mucha motivación en nada de lo que hacía y este iba a ser un punto de inflexión muy bueno. Me emociono pensando en mucha gente y situaciones, me doy cuenta de que puedo hacer todo lo que me proponga. Pasan más kilómetros, y ya encaro los últimos 5 kilómetros. Apreto el puño todo lo que puedo, canto todo lo que me suena en el Ipod, aplaudo a la gente que me anima. Ya ni pienso en mover las piernas al correr, mi cuerpo va como si tuviera un piloto automático que le empujara. Parece que vuelo más que corro, subidón... Cualquiera que lea esto y no haya vivido algo así dirá que suena a muy flipado (yo mismo lo pensaba cuando leía a otros corredores hace unos meses) pero es indescriptible la sensación.
Sólo dos kilómetros... La gente animando a ambos lados de la calle dejaban un pasillo por dónde pasabas en medio. Sólo por eso ya merecía la pena todo el sufrimiento. Ya visualizabas la entrada en meta... Sólo quedan metros y estallo. No lloro, pero estoy muy emocionado al cruzar la meta. Una gran sonrisa se dibuja en mi cara.
Conseguí muchos de los objetivos que me propuse en mi primera Maratón: disfrutar, terminar y no parar a caminar. La medalla que me dan al acabar es un simple metal, pero lleva impreso muchas horas de entrenamiento en soledad, muchas horas quitándote otras actividades, dolor, sufrimiento... Y sobre todo la alegría de una recta de meta que te deja un recuerdo imborrable. Algo inexplicable con palabras...